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entredichos
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sábado, julio 19, 2008
La nostalgia ya no es como antes
You ain't a pimp and you ain't a hustler
A pimp's got a Cadi and a lady’s got a Chrysler
Siempre he dicho que no soy un buen amigo, de hecho, ni se porque dicen que inspiro confianza.
Aún recuerdo como mi compadre me dijo en esa vieja cantina que se ubica sobre Calzada de Guadalupe: Oiga compadre, ¿ya vio a la vieja del compadre?, ¿cómo la ve?. Yo me limité a contestar con un apático, pues... está sabrosa, ¿no?
Por dentro escondía ese ardiente deseo que tenía sobre la mujer de mi prójimo, que digo prójimo, mi compadre.
La llamada "mujer de mi compadre" lucía un par de flamantes muslos firmes y torneados, invitaban a ser agarrados con ambas manos mientras estuviera frente a ti. Aunque siempre he preferido las pieles obscuras, esa blancura se antojaba y mucho, pero ante la mesa repleta de compañeros del trabajo yo sólo me limitaría a asentir un poco para no defraudar al respetable. No sólo las piernas eran llamativas, solía usar blusas ceñidas y escotadas que eran el deleite de su servidor.
Ya contaba con el antecedente de lidiar con mujeres de amigos, no es que sea un galán, más bien soy un asco. Sentía feo al principio cuando ellas me platicaban lo que hacían sus dichosos galanes, tanto en escena como tras bambalinas. Cuando llegaba el llanto yo me cambiaba de asiento en el restorán que frecuentaba, lucía normal estar al lado de ellas y recargar su cabeza en mi hombro. Pronto nos mirabamos de frente y, como alguien decía por ahi, comenzar con el cíclope. Miradas de un sólo ojo.
Con esta rubia no fue muy distinto, solía mirarla de reojo. Amaba la manera altanera en que caminaba (se que canso con lo mismo, pero las buenas nalgas pueden ser el delirio de cualquiera, a mi no sólo me hacen delirar, podría matar), sabía lo que tenía y lo bamboleaba bien. Mi buen espíritu voyeurista hacía que me encantara observar como se tocaban. Justo antes de las juntas y cuando comiamos juntos el comenzaba con la pantorrilla y llegaba hasta el muslo, me parecía inocente y juvenil, aún así me gustaba. El compadre no sabía que, al tiempo que el gastaba tiempo con ella e inventaba alguna triste historia para llegar tarde a casa, su mujer no le reprochaba nada porque pasaba su tiempo libre y solitario conmigo. Para no levantar sospechas, ambos idiotas, el compadre y mi tiempo libre, se tiraban preguntas cotidianas.
Todo cambio hasta que, por azares del destino, mi hocicote gañán y malhablado se topó con sus rosados y bien deliniados labios en un desaire hosco y vulgar de mi parte. Tras semejante golpe de palabras para esa rubia encantadora, todo el camino en el Derby pensé que esa habría sido una buena ocasión para acercarse a su bien oliente cuello. Al llegar a casa, invariablemente le tuve que llamar.
Durante la llamada hice alarde de mi más altanera verborrea, humillándome, pero, secretamente, enalteciendo mi ego gracias a la serie bastante precisa de palabras. Ella, se dio cuenta que clase de persona era, esas sensibles que logran sacar un buen grito ahogado después de un buen toqueteo mientras el grupo de Godinez al que pertenecemos se pierde en la oficina.
Después de la llamada las cosas no cambiaron mucho, continuamos sin cruzar palabras en la oficina, aunque dejé de ser compadre, el penetrante olor del cuello, vientre, pecho y piernas, fuerte olor Claiborne (curve) está impregnado en mi boca y manos. Esas piernas blancas y estrujantes están más que conocidas por mi.
Young American, Young American
I want the young American
